sábado, 10 de marzo de 2012

Italianos


Tengo un libro de Gramsci en la cabecera. Sus cartas. También tengo el epistolario más o menos completo de Pasolini. En ambos casos se trata de autores que disfruto de diversas maneras. En ellos coinciden mis lecturas políticas y las literarias. Sin embargo, no he podido terminar ninguno de los dos libros. Es, más bien, una especie de adivinación la que ejerzo con los libros de estos connotados materialistas. Los tomo al azar y leo lo que me place. Esta lectura anárquica me trae a la mente un texto de Reyes en La experiencia literaria donde exaltaba la necesidad de tener una lectura sistemática, filológica por decirlo así. Ese hermoso párrafo del orden y de la sistematización vuelve a mí cada que tomo alguno de los volúmenes y me pierdo en el joven Pier Paolo fascinado por el futbol o en las angustiosas búsquedas de Antonio del mecanismo que le permita sobrevivir al encierro, a ese otro mundo que, por estar cerrado, es un aleph de la sociedad contemporánea.
No es que no pueda hacer una lectura sistemática. La hago seguido. No con la entrega de cuando realizaba mi tesis. Todavía guardo silencio cuando alguien cree que es gracia declarar algo sobre algún tema sin conocerlo a profundidad. Pero coincido en que no es lo más placentero. Me leo y me contradigo mentalmente. Estoy pensando en todos aquellos que creen que el no tener estudios formales de literatura es una ventaja ante el texto. No es así. Vamos, no implica sino la posibilidad de darle un cierto orden a las lecturas y, el problema, precisamente, es que por lo menos debes saber que ese orden es necesario o posible. Hay placeres de otro tipo en esa segunda, tercera o cuarta lectura.
Vuelvo a Gramsci y a Pasolini. Me permiten saltar del tema de la novela contemporánea y la sexualidad reprimida al de los bajos salarios de los profesionistas. Esos son mis temas, mi mundo a pesar de toda la globalidad que queramos incluir. Es mi desorden. El ansia de conocer un poco de este mundo, habiendo surgido de los coros de ángeles, arcángeles y héroes nacionales de la historia patria. Pero veamos las cosas con atención: un hombre que encerrado en las más duras condiciones logra armar una interpretación fértil y flexible de una teoría que suele sufrir la mutilación de su dinamismo en pro de la ortodoxia. Eso requiere disciplina. La clase de orden, de lectura cuidadosa que rehuyó con ellos. Pasolini es más un hombre de acción. Un cristiano atormentado por el pecado que llega a Marx a través de Cristo. El deseo, el pecado, la caridad, para él son vivencias, como el movimiento social es vivencia para Gramsci. No estamos en el concepto, en la arquitectura pura del intelecto. Es una escritura cargada de una dimensión vivencial que va en contra del orden de lo sistemático. Sin embargo, presuponen ese esfuerzo. Lo desbordan.
Sigo pensando en ellos. Algo me dice que en ellos hay cuerpo, historia y sangre. Como en la Biblia. Aparte esta aquel escrito sobre la India – y esas burlas en Gramsci al padre Bresciani-. Sólo termino pensando que, pese a la necesidad de la sistematización, del orden, también se necesita un espacio para lo abigarrado, lo desordenado, aquellas lecturas que en su amplitud nos devuelven un poco de ese caos vital que, si no se presenta, nos ahoga en rutina.

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