domingo, 26 de octubre de 2014

Víspera de Muertos

De repente un frío ya casi invernal se ha posesionado de las calles. En lo particular, considero los meses de septiembre y octubre los más visualmente atractivos en el altiplano mexicano y las sierras costeras que lo circundan. La luz que ilumina ciudades como la de México, Guanajuato, Zacatecas o las playas del Golfo me resulta un deleite que luego olvido hasta que al siguiente año sus efectos vuelven a fascinarme.
Un amigo mio, profesor de origen náhuatl, platicaba por estos días de la apertura del Mictlán y las almas que venían a visitar a sus parientes en este mundo. Cada que platicábamos, igualmente, recordaba los caminos de pétalos en los caseríos de la sierra, la lluvia incesante en el panteón de Altotonga y Teziutlán, las veces que caminamos entre niebla y tumbas tratando de encontrar a la parentela en medio de las flores de cempásuchil y cresta de gallo, nube y tantas otras.
Este año es difícil que visite a mis muertos. No dudo que ellos me visitarán, pero en realidad, en medio de tanto fango y sangre, de tanta oportunidad para ceder al desaliento, no sé si disfrutaré estas fiestas. Seré claro: este año estamos un poco más muertos los de este lado, un poco más cínicos y sin esperanza.
Con todo, espero que a lo largo de la semana pueda volver a ver esos juegos de luz que luego olvido y sentir de nuevo cierta esperanza.


domingo, 9 de febrero de 2014

Remembranza del fuego

Quizá parezca que estoy tranquilo. Cómodo, adaptado al medio. En realidad, cada vez más, mis sueños se convierten en una advertencia, en una indicación de un aluvión que cualquier día se desata y me lleva lejos, o a las arenas de mi infancia o a algún paraje que no conozco pero está esperando mi presencia desde hace años.
Resulta que sueño y vuelvo a lugares que no he visitado en años. Quizá algunos realmente nunca los he visitado. Siento el sol que baña mi piel en esos sueños y veo al fondo montañas y mares, gente que no conozco pero que está esperándome.
Hay otras escenas que si viví. Que vuelven con fuerza porque quieren decir algo, expresan algo que con palabras no voy a decir o, por lo menos, no voy a decir hasta mucho después, luego de una verdadera inmersión en la palabra que de verdad ponga en riesgo los límites de esa comodidad usada para simular que nos comunicamos.
Estoy en la casa de mi tía abuela. El piso es de ladrillo, la casa de madera, nos ilumina un foco que enciende gracias a un largo cable. Las polillas y mosquitos revolotean en el foco. Mi hermano y mi padre están sentados frente a mí, mi hermano tiene el dorso desnudo pues nos bañamos en el mar hace unas horas. Mi padre lleva una camisa ligera, su gorra, tiene los lentes puestos. A su espalda está la puerta a oscuras, la puerta que da a la loma. A mí lado, frente a ellos, esta mi otro hermano, mi madre nos hizo café y está sentada un poco más allá. El café es de olla, de ese aguado que hace la abuela y que deja posos negros que luego usamos para las plantas.
La noche no es muy avanzada. La charla viene del mar, de ver la arena y las aves, de patalear y dejarse arrastrar por las olas. Mi madre de cuando en cuando recuerda las excursiones de cuando era niña, el sabor del jobo, días que sólo nos llegan a través de su memoria. Mi padre cuenta de las tortugas, del problema de manejar en carretera mala. Mi hermano está distraido, pensando quizá en ese calor que a todos nos está venciendo.
De repente asoma su hocico la cerda. Es una cerda enorme, la hemos criado desde hace meses en la parte de atrás de la loma. Sólo se asoma, lenta, incorpórea, rompiendo el negro de la habitación en oscuras. Mi hermano ve que vemos algo a sus espaldas, gira la cabeza. Y la ve a la altura de sus ojos.
Claro que se sobresaltó. Más que el rostro la sensación de algo respirando sobre su espalda, dirá después.
Yo pienso sólo en esos segundos: la cabeza que irrumpe en la zona de luz intrigada, el giro curioso de mi hermano y ese choque, instantáneo, sin reflexión posible ante lo inesperado.
Igual si hubiésemos estado frente al fuego en un campamento inmemorial. Lo inesperado nos saludaba frente a frente.
Luego vino la reacción y  el jalar de la soga que pendía del cuello de la cerda. Un pedazo de pan para el susto. Pero esos momentos, ese momento de quiebre. La Diosa Hécate apareciéndose a mi hermano bajo la figura de una puerca ( o un perro negro, o un bulto, o un enano, o un toque inadmisible).
Así siento estos momentos de confianza. Un estar en el fuego. En el círculo iluminado. Esperando que se manifieste lo inesperado.