lunes, 21 de febrero de 2011

Amaneceres. Egipto y México

A punto de terminar el mes de febrero. La revuelta árabe en la televisión. Más a la callada y bajo las quejas y reclamos de la población mexicana, observo un conflicto generacional similar al que atraviesa esas sociedades. Aquellos que nos formamos bajo el viejo régimen – con mayores agravantes en la medida que estemos más lejos generacionalmente de las elecciones competidas- tenemos una concepción política, más que aprendida, asumida, donde el ejecutivo (léase cualquier autoridad o mando en la cúspide de la jerarquía) tiene el poder definitivo. Arbitro supremo, responsable por acción u omisión de todo lo que acaece a su alrededor, alrededor de su figura e investidura tejemos mitos y anhelos; de su autoridad deviene la nuestra y, cual se tratara de un fractal, reproducimos la estructura jerárquica y autoritaria en todos los círculos en que nos desenvolvemos. De esto deviene la necesidad de guardar las formas, de cuidar las apariencias, de callar nuestras opiniones y esperar el momento para actuar. Se toleran atropellos, se disimulan faltas, los más honestos pensando que cuando otro honesto o ellos mismos detenten el poder podrá usarse ese aparato desmesurado para resolver adecuadamente los problemas. Y así, cuidando las formas, los equilibrios, los silencios compartidos pasan años.

A este polo – necesariamente ideal, en los hechos necesariamente cruzado por contradicciones y matices- se contrapone una nueva actitud. ¿Qué la caracterizaría a mi juicio? Veo una mayor horizontalidad, un cierto desparpajo, un desapasionamiento que no necesariamente es apatía como los críticos a las nuevas generaciones suelen ver. No se trata de algo ideológico – aún-, pero desde otra dimensión, aquella que expresa lo político en lo cotidiano, puede a la larga ser tan catastrófico para la pirámide mexicana de poder como lo fue para la egipcia. La diferencia, creo yo al ver a mis alumnos, a los preparatorianos y a tanta juventud bullendo más allá del sicariato y la inopia institucional, es que esa aparente despolitización y no organización incluye la formación paralela de formas más horizontales, más flexibles, menos ostentosas de ejercer las libertades, conformar las opiniones y a la larga, de un modo difuso y paulatino, de ejercer el poder.

No creo, sin embargo, que un día me despierte con un presidente huyendo a Miami o a La Habana. Más bien, creo que alguien despertará, algún día, en un país donde el vigor de la sociedad haga de la figura presidencial algo tan relevante como la figura del rey de Inglaterra. Y en esa medida jefes, maestros, sacerdotes, maestras, jefas y religiosas( por decir algo) más humanas en su trato y aspiraciones que la constelación de sátrapas de todo signo que suele caracterizar la vida pública y privada del país.