viernes, 10 de febrero de 2012
De madrugada.
martes, 20 de diciembre de 2011
Casi Navidad
viernes, 9 de diciembre de 2011
Sobre cultura política y literaria en México
viernes, 7 de octubre de 2011
Sobre escritura.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Incorrecciones fragmentarias.
El otro invierno
Al amanecer las casas se habían esfumado. Toda la extensión del mundo se había convertido en una estepa desolada o, por lo menos, eso era lo que percibía. Me baje de la cama. Afortunadamente seguían en su lugar las chanclas. Luego empecé a sentir el aire.
Triángulo
Ella dejo de amarme. Y en las cárceles en las que entonces me encontraba comenzó a resultarme atractiva la soledad. Una noche me hice de las cintas de un zapato. Las até de un barrote y comencé a besarme con la Muerte. En medio de los últimos espasmos de su lascivo abrazo, me di cuenta lo excitante que es un triángulo amoroso cuando se termina el tiempo.
Marxismo
Siempre me causó estupor la relación entre las apretadas columnas de letras del Capital y Los Cuadernos de la Cárcel con el coraje de un estudiante levantando el puño y con la foto de Dubcek. Ahora que los vendo al dos por uno frente al Palacio de Bellas Artes entiendo que logran una sensación que difícilmente Friedman podrá lograr.
Barroco I
No entienden que esos pliegues, esas sombras, esos desbordamientos son el estruendo de la materia con el pretexto de Dios.
Futbol
Mis amigas no entienden la fascinación masculina por el futbol. Es el placer de una guerra sin muertos, rica en calorías y con ellas al final de la jornada pidiéndonos atención.
Economía neoclásica
Es como esos edificios inteligentes. Abundantes cristales, semejan frías agujas luminosas desde la lejanía. Te acercas, miras con cuidado y te percatas de que no producen nada.
Filias
No hay mayor obsesión sexual que el ocultamiento del cuerpo.
Fragmentación
En medio del debate entre los colectivos de homosexuales revolucionarios radicales y las feministas radicales revolucionarias, nadie se percató que los hijos de puta ortodoxos y unitarios seguían al mando.
domingo, 24 de julio de 2011
Espacios.
Por estos días la ciudad empieza a cobrar un cariz un poco distinto al de siempre. La universidad se encuentra de vacaciones, al igual que el resto de las escuelas. Es más común encontrar a los muchachos en las calles y a las extranjeras tomando el sol en el lado descubierto de la banqueta.
En cierta forma, los tiempos usuales se diluyen. Ya no tengo que estar planeando mis clases ni tengo la presión por ubicar textos que puedan ayudar en esa misión casi imposible de ofrecer el lado vivo de una rama del conocimiento que está en conflicto expreso con el ansía de conocimiento instantáneo y sin costos que priva en el imaginario social de un pueblo tras casi treinta años de neoliberalismo.
Puedo sentarme en mi silla con una taza de café y observar cómo el techo de La Casa de los Muñecos tiene un efecto visual similar al oleaje muy propio del barroco. Puedo ir buscando casonas semiderruidas del fin del XIX o libros antiguos. Incluso los visitantes, en su premura por atrapar lo “esencial” de la ciudad me resultan interesantes. No hay tal, la ciudad no se entrega tan fácil.
En mi caso, hay una paradoja interesante. Si bien he vivido en Puebla desde siempre, nunca me he sentido poblano. Por otro lado, mis estancias en el DF no me resultaron tan demandantes en el sentido de que vivía en esa otra urbe intramuros que es C.U. En cambio, mi estancia en Aguascalientes si trastocó completamente mi manera de relacionarme con mi espacio. De mis tradicionales viajes desde la orilla del mar natal en Veracruz a la urbe inmensa, no quedo nada. Simplemente no tenía asideros mentales para una ciudad nueva, mediterránea, tan distinta a mis espacios formativos.
Muchas veces, al hablar del pasado colonial con mis alumnos quería echar mano del viejo edificio que conocí cuando niño, del viejo cristo macerado que veía todos los domingos. No estaban. Y pese a estar en un espacio católico, su catolicismo no era el mío. Todo parecido, pero diferente. Podía trasladarme a Zacatecas o a Guanajuato – ciudades donde tengo amigos e historias-. Y era lo mismo. De alguna manera parecía que necesitaba armar mi vida en tríadas – Veracruz, Puebla, México/ Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas- para poder más o menos entender el orden de los espacios, las diferencias culturales, sociales y étnicas de algo que, según todos, era un mismo país.
Creo que regrese con la vista limpia, renovada. Todavía no he podido apoderarme de otro espacio, el que representa el Sureste, ese corredor que empieza en Veracruz, sigue en Oaxaca y termina en Chiapas y que representa mi otra raíz. Sin embargo, estoy tranquilo, esperando la oportunidad.
jueves, 23 de junio de 2011
Mediterráneo
1
El desierto. Una línea enorme en el horizonte. El cielo recubierto de estrellas. Son las tres de la mañana. Un jerbo orejudo salta entre las rocas. De repente, siente algo. Levanta la naricilla nerviosa. Algo pasa rápidamente. Nervioso, salta a la madriguera. En el horizonte se ve la luz que se aleja.
2
El agua de mar. Una línea ondulada que viene y va. Viene y va. La otra noche llegaron. Ellos no te vieron. Tú puedes verlos porque conoces la isla. En cierta forma es tu isla, el cielo es tu cielo y esas cabras salvajes son tus cabras. No sabes quienes son. Llegaron extenuados. A duras penas alcanzaron la pequeña bahía. Ahora los ves. No sabes si ayudarlos o quedarte así. Mirando. Vienen mal. Tu padre sabría qué hacer. Te retiras. No es bueno ser visto.
3
El mar. El mar es una línea que se funde con el cielo en el horizonte. Todavía no calienta el sol. Estas en esta playa, todavía hace fresco y te preguntas como llegaste ahí. Anoche estuviste revisando un artículo poco común. Una filóloga argentina dice que encontró evidencia de familias moriscas que embarcaban desde el otro lado del Mediterráneo e intentaban llegar a tierra firme. Dice que algunas volcaron, que otras apenas llegaban para ser apresadas y vendidas como esclavos. Ves de nuevo hacia el mar. Tomas tu sombrero y te alejas caminando hacia la casa.
4
Las estrellas. Recuerdas cuando eras niña y mirabas las estrellas. Era un irse de esta realidad tan pequeña, tan limitada. A veces esperabas ver una estrella fugaz. Tu madre te llamaba desde la casa. Era malo tomar el fresco. Pero tú lo disfrutabas. Disfrutabas como el cielo iba poco a poco oscureciendo. Veías hacía arriba y pensabas en la Vía Láctea. Tu madre te había contado la historia del camino de leche. Imaginabas a Hércules salpicando leche y a la diosa molesta. Pero no. Era el camino de leche. Tu mitología era solo una lámina en el libro y las palabras de tu madre.
5
Los bereberes. Tu maestro siempre uso su nombre para compararlo con el de los barbaros. Ber-ber-ber sonaban esos pueblos del interior para el lector del Corán. Bar-bar-bar sonaban esos pueblos del interior para el amante de la tragedia. Recordabas, eso sí, su silueta robusta y amable, su rostro rubicundo, la memoria de tantos pueblos y tantas lenguas.
6
Borges imagino un laberinto construido por un monarca tiránico. Contó como el prisionero escapaba y luego colocaba al tirano en otro laberinto de arena sin límites. Lo que no imaginó fue un laberinto conformado por el mar embravecido, otro hecho de arena, uno más construido por el despotismo de los hombres con esos dos. El resto de la historia está por contarse.