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viernes, 13 de septiembre de 2013

Puebla bajo la lluvia.


Estos han sido días de nubes y lluvia. Cada tres días para un poco la precipitación, sale el sol y, antes de que nos acostumbremos, vuelve a llover al día siguiente.  En lo particular me agrada la manera en que brillan las piedras del centro de la ciudad tras la lluvia, pero no soy indiferente al hecho de que esa magnificencia de piedra, ladrillo, mosaico y estuco suele colapsar durante esta temporada. Simplemente, lo que acostumbramos ver como normal, se vuelve prescindible, cansa, aburre. Un día queda sólo un hueco, una estructura vencida y añosa o un montículo de escombros y entonces añoramos la belleza del primer día.

Hay algunas casonas adornadas de mosaico que me parecen dignas de verse una y otra vez. Otras tienen trabajos en mármol y tableros de cantera que indican una voluntad de diferenciarse del entorno. Resulta paradójica la riqueza de estilos, en ocasiones su simplicidad o, al contrario, su abigarramiento, comparada con la triste monotonía de la ciudad extendida. El reino del concreto y la lámina. Un día imagino esta ciudad extendida expandiéndose sobre las piedras y mosaicos de la primera ciudad de la misma manera que el ruido del tráfico envolvió una ciudad diseñada para el tránsito de caballos. Esos serán días tristes y monótonos, días de fijación en viejas fotografías y grabados. Días de mucho ruido, también.

sábado, 9 de marzo de 2013

Días de Marzo

Son los primeros días de marzo. En Puebla se viven los preparativos para una campaña electoral que se antoja como una fase más de un proceso ya largo, ese extraño juego entre quienes pugnan por la modernización y quienes la resisten, convirtiéndose al final, unos y otros en beneficiarios de la lentitud del cambio social. Lo anterior debido a que las posiciones son intercambiables: a un rasgo modernizador corresponde un sesgo autoritario o una tentación exclusivista que sólo varia los beneficiarios de sus políticas o los gestores de ese cambio desde el poder.
Mariano Piña Olaya, Manuel Bartlett, Melquiades Morales, Mario Marín y ahora Rafael Moreno Valle, pese a sus tremendas diferencias de estilo y formación, han visto el poder ejecutivo como la posibilidad de alterar el balance de fuerzas al interior del estado. Sólo Melquiades Morales basaba su legitimidad en la pertenencia a los grupos locales y su capacidad de generar equilibrios. Bartlett y ahora Moreno Valle, por su parte, se vieron a sí mismos como grandes protagonistas del entorno nacional y, en esa medida y con distinta suerte,se plantearon modernizar el estado y generar una nueva clase política.
El juego entonces, recomienza y frente a las pautas ya conocidas del uso de las grandes instituciones del estado para cimentar prestigios y presencia mediática, el cambio social continúa, sin poderse aquilatar en toda su expresión. Sí, pronto vendrá Audi y se unirá a Volkswagen de México como el motor de la industria local. Pero la manera en que esta ampliación de la capacidad industrial del estado repercutirá en el equilibrio demográfico y ecológico de la entidad, en el uso del agua y la movilidad del ciudadano, apenas es intuida como algo mayúsculo, algo de tal magnitud que no alcanzamos a visualizarlo ni a prever sus costos. En tanto, la Mixteca y las sierras del Estado continúan fuera de la agenda, como si fueran las mismas de hace años, cuando tal cosa no es posible. La duda que me genera  la actual coyuntura se refiere a la manera en que las identidades colectivas y ciudadanas se transforman más allá de las instituciones, en la práctica cotidiana, en los problemas del día a día. ¿Hay cambios de fondo en la manera en que la ciudadanía enfrenta lo político y social? ¿Pueden darse en dado caso?
Frente a posturas que ven la política como un juego de élites en su sentido más estrecho, expulsando al ciudadano de un proceso en el cual siempre está presente, creo que el revaluar la manera en que la gente común va haciendo suya una posición política, una exigencia crítica y, por ende, ciudadana, podría ser la vía para contrarrestar la transformación del espacio público en un espacio de competencia económica y mediática, ya que al final su resultado depende de la decisión del hombre común por votar en contra o a favor de algo, de concentrar el poder o diferenciar a sus detentadores.
Hace mucho que en Puebla no se habla de la importancia de pesos y contrapesos al poder. A lo más, se habla de los intereses contrapuestos de actores que, si por ellos fuera, prescindirían del ciudadano como referencia de su actuar. Frente a la lógica de la concentración del poder, quizá sea momento de retomar la idea del voto diferenciado y la dispersión de la representación electoral como una vía para, en los hechos, acotar cacicazgos y garantizar espacios de consulta y participación.
Recordemos que es precisamente la participación del hombre común la que evita la degradación de la esfera pública y de aquellos especialistas que la misma sociedad genero para gestionar sus instituciones.
La vía es pues, más participación.

martes, 9 de octubre de 2012

Octubre en la noche

Una noche otoñal en Puebla. A veces camino en la noche y me quedo viendo la calle vacía frente a la casa. Por alguna razón desconocida, el tono de las lámparas se ha vuelto más rojizo con los años. No sé si es mala memoria o imaginación, pero las recuerdo más claras en mi infancia. Al final lo único que no se pierde es el hábito de caminar, de detenerse a reflexionar en el silencio nocturno.
Me siento en el sofá frente a la ventana.Si es fin de semana, algún vecino tendrá música. Cada cierto tiempo llega gente al andador de al lado. Desde jóvenes que buscan unirse a la fiesta, hasta parejas silenciosas.
Normalmente son noches tranquilas. Quizá temerosas. A veces se escapa uno que otro recuerdo de la inseguridad. El horizonte siempre está asociado a promesas, promesas que pueden ser esperadas en vano. Simplemente no se sabe que traerá el volcán: ¿nubes, nieve, un penacho de ceniza? Al día siguiente el volcán sigue más o menos en el lugar dónde debió observarlo Humboldt y la vida vuelve a su conciencia extrañada de siempre.

domingo, 24 de julio de 2011

Espacios.

Por estos días la ciudad empieza a cobrar un cariz un poco distinto al de siempre. La universidad se encuentra de vacaciones, al igual que el resto de las escuelas. Es más común encontrar a los muchachos en las calles y a las extranjeras tomando el sol en el lado descubierto de la banqueta.

En cierta forma, los tiempos usuales se diluyen. Ya no tengo que estar planeando mis clases ni tengo la presión por ubicar textos que puedan ayudar en esa misión casi imposible de ofrecer el lado vivo de una rama del conocimiento que está en conflicto expreso con el ansía de conocimiento instantáneo y sin costos que priva en el imaginario social de un pueblo tras casi treinta años de neoliberalismo.

Puedo sentarme en mi silla con una taza de café y observar cómo el techo de La Casa de los Muñecos tiene un efecto visual similar al oleaje muy propio del barroco. Puedo ir buscando casonas semiderruidas del fin del XIX o libros antiguos. Incluso los visitantes, en su premura por atrapar lo “esencial” de la ciudad me resultan interesantes. No hay tal, la ciudad no se entrega tan fácil.

En mi caso, hay una paradoja interesante. Si bien he vivido en Puebla desde siempre, nunca me he sentido poblano. Por otro lado, mis estancias en el DF no me resultaron tan demandantes en el sentido de que vivía en esa otra urbe intramuros que es C.U. En cambio, mi estancia en Aguascalientes si trastocó completamente mi manera de relacionarme con mi espacio. De mis tradicionales viajes desde la orilla del mar natal en Veracruz a la urbe inmensa, no quedo nada. Simplemente no tenía asideros mentales para una ciudad nueva, mediterránea, tan distinta a mis espacios formativos.

Muchas veces, al hablar del pasado colonial con mis alumnos quería echar mano del viejo edificio que conocí cuando niño, del viejo cristo macerado que veía todos los domingos. No estaban. Y pese a estar en un espacio católico, su catolicismo no era el mío. Todo parecido, pero diferente. Podía trasladarme a Zacatecas o a Guanajuato – ciudades donde tengo amigos e historias-. Y era lo mismo. De alguna manera parecía que necesitaba armar mi vida en tríadas – Veracruz, Puebla, México/ Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas- para poder más o menos entender el orden de los espacios, las diferencias culturales, sociales y étnicas de algo que, según todos, era un mismo país.

Creo que regrese con la vista limpia, renovada. Todavía no he podido apoderarme de otro espacio, el que representa el Sureste, ese corredor que empieza en Veracruz, sigue en Oaxaca y termina en Chiapas y que representa mi otra raíz. Sin embargo, estoy tranquilo, esperando la oportunidad.