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domingo, 9 de febrero de 2014

Remembranza del fuego

Quizá parezca que estoy tranquilo. Cómodo, adaptado al medio. En realidad, cada vez más, mis sueños se convierten en una advertencia, en una indicación de un aluvión que cualquier día se desata y me lleva lejos, o a las arenas de mi infancia o a algún paraje que no conozco pero está esperando mi presencia desde hace años.
Resulta que sueño y vuelvo a lugares que no he visitado en años. Quizá algunos realmente nunca los he visitado. Siento el sol que baña mi piel en esos sueños y veo al fondo montañas y mares, gente que no conozco pero que está esperándome.
Hay otras escenas que si viví. Que vuelven con fuerza porque quieren decir algo, expresan algo que con palabras no voy a decir o, por lo menos, no voy a decir hasta mucho después, luego de una verdadera inmersión en la palabra que de verdad ponga en riesgo los límites de esa comodidad usada para simular que nos comunicamos.
Estoy en la casa de mi tía abuela. El piso es de ladrillo, la casa de madera, nos ilumina un foco que enciende gracias a un largo cable. Las polillas y mosquitos revolotean en el foco. Mi hermano y mi padre están sentados frente a mí, mi hermano tiene el dorso desnudo pues nos bañamos en el mar hace unas horas. Mi padre lleva una camisa ligera, su gorra, tiene los lentes puestos. A su espalda está la puerta a oscuras, la puerta que da a la loma. A mí lado, frente a ellos, esta mi otro hermano, mi madre nos hizo café y está sentada un poco más allá. El café es de olla, de ese aguado que hace la abuela y que deja posos negros que luego usamos para las plantas.
La noche no es muy avanzada. La charla viene del mar, de ver la arena y las aves, de patalear y dejarse arrastrar por las olas. Mi madre de cuando en cuando recuerda las excursiones de cuando era niña, el sabor del jobo, días que sólo nos llegan a través de su memoria. Mi padre cuenta de las tortugas, del problema de manejar en carretera mala. Mi hermano está distraido, pensando quizá en ese calor que a todos nos está venciendo.
De repente asoma su hocico la cerda. Es una cerda enorme, la hemos criado desde hace meses en la parte de atrás de la loma. Sólo se asoma, lenta, incorpórea, rompiendo el negro de la habitación en oscuras. Mi hermano ve que vemos algo a sus espaldas, gira la cabeza. Y la ve a la altura de sus ojos.
Claro que se sobresaltó. Más que el rostro la sensación de algo respirando sobre su espalda, dirá después.
Yo pienso sólo en esos segundos: la cabeza que irrumpe en la zona de luz intrigada, el giro curioso de mi hermano y ese choque, instantáneo, sin reflexión posible ante lo inesperado.
Igual si hubiésemos estado frente al fuego en un campamento inmemorial. Lo inesperado nos saludaba frente a frente.
Luego vino la reacción y  el jalar de la soga que pendía del cuello de la cerda. Un pedazo de pan para el susto. Pero esos momentos, ese momento de quiebre. La Diosa Hécate apareciéndose a mi hermano bajo la figura de una puerca ( o un perro negro, o un bulto, o un enano, o un toque inadmisible).
Así siento estos momentos de confianza. Un estar en el fuego. En el círculo iluminado. Esperando que se manifieste lo inesperado.

jueves, 6 de junio de 2013

Unas palabras sobre las pequeñas especies y Leonardo Boff

Bien. Retorno después de otro periodo de silencio. Últimamente considero esto saludable. Poco a poco, en medio de lo cotidiano, los tiempos cambian. Parece que todo continúa como siempre, pero el escenario ha cambiado. Si no se tiene la precaución de tomarse un respiro y pensar sobre la manera en que han cambiado las cosas, sus sentidos potenciales, se termina en medio de la nada.
De momento, el medio ambiente vuelve a preocuparme. Notas aisladas como la desaparición de una especie de cangrejo de las costas veracruzanas. Años quejándome de cómo los automotores los convierten en pasta sobre el asfalto para que los desarrolladores turísticos los dejen sin hábitat. Lo mismo mariposas, salamandras, pequeñas especies que fueron las únicas con las que pude interactuar en un mundo que cuando nací ya estaba en jaque. El verdadero problema es que no basta lo que se hace. Por más que se vean animales o ecosistemas amenazados en los medios, por más que se reflexione sobre la necesidad de un cambio en el ritmo de consumo de los recursos naturales y la preservación y posible restauración del medio, las malas noticias se acumulan.
En el plano conceptual no estamos mejor. De repente el hombre contemporáneo parece el clásico ajusticiado atado a cuatro caballos, con el agravante de que es él quien da la voz para que estos arranquen su carrera y lo despedacen. Como universitario, como heredero de esa tradición occidental que no necesariamente debía terminar en este triste espectáculo, como mestizo, hijo de veinte sangres, el panorama me resulta desolador y las posibilidades de incidir cada vez menores.
Sin embargo, recuerdo un texto de Leonardo Boff. Su visión integral de la humanidad y el medio, pese a los reparos que a veces me provoca el tono de su teología, me llaman a retomar la esperanza pese a la cada vez más negra perspectiva. Quisiera un tono más mesurado, algo neutro para poder escribir al respecto, pero en un mundo que amenaza ya no tigres o elefantes, ya no otros seres humanos sino pequeñas especies que no costarían nada preservar, hecho mano de lo primero que encuentro, del último texto en el que el llamado a la esperanza me sonó vehemente y sincero.

Afuera llueve. Pienso en los años en que pude vivir rodeado de vida vegetal y de animales. En este mundo donde la riqueza viene del concreto y los combustóleos quién diría que el salto de una rana sobre el piso podría resultar un llamado subversivo a la reflexión y al acto, así sea de escribir.

domingo, 24 de julio de 2011

Espacios.

Por estos días la ciudad empieza a cobrar un cariz un poco distinto al de siempre. La universidad se encuentra de vacaciones, al igual que el resto de las escuelas. Es más común encontrar a los muchachos en las calles y a las extranjeras tomando el sol en el lado descubierto de la banqueta.

En cierta forma, los tiempos usuales se diluyen. Ya no tengo que estar planeando mis clases ni tengo la presión por ubicar textos que puedan ayudar en esa misión casi imposible de ofrecer el lado vivo de una rama del conocimiento que está en conflicto expreso con el ansía de conocimiento instantáneo y sin costos que priva en el imaginario social de un pueblo tras casi treinta años de neoliberalismo.

Puedo sentarme en mi silla con una taza de café y observar cómo el techo de La Casa de los Muñecos tiene un efecto visual similar al oleaje muy propio del barroco. Puedo ir buscando casonas semiderruidas del fin del XIX o libros antiguos. Incluso los visitantes, en su premura por atrapar lo “esencial” de la ciudad me resultan interesantes. No hay tal, la ciudad no se entrega tan fácil.

En mi caso, hay una paradoja interesante. Si bien he vivido en Puebla desde siempre, nunca me he sentido poblano. Por otro lado, mis estancias en el DF no me resultaron tan demandantes en el sentido de que vivía en esa otra urbe intramuros que es C.U. En cambio, mi estancia en Aguascalientes si trastocó completamente mi manera de relacionarme con mi espacio. De mis tradicionales viajes desde la orilla del mar natal en Veracruz a la urbe inmensa, no quedo nada. Simplemente no tenía asideros mentales para una ciudad nueva, mediterránea, tan distinta a mis espacios formativos.

Muchas veces, al hablar del pasado colonial con mis alumnos quería echar mano del viejo edificio que conocí cuando niño, del viejo cristo macerado que veía todos los domingos. No estaban. Y pese a estar en un espacio católico, su catolicismo no era el mío. Todo parecido, pero diferente. Podía trasladarme a Zacatecas o a Guanajuato – ciudades donde tengo amigos e historias-. Y era lo mismo. De alguna manera parecía que necesitaba armar mi vida en tríadas – Veracruz, Puebla, México/ Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas- para poder más o menos entender el orden de los espacios, las diferencias culturales, sociales y étnicas de algo que, según todos, era un mismo país.

Creo que regrese con la vista limpia, renovada. Todavía no he podido apoderarme de otro espacio, el que representa el Sureste, ese corredor que empieza en Veracruz, sigue en Oaxaca y termina en Chiapas y que representa mi otra raíz. Sin embargo, estoy tranquilo, esperando la oportunidad.